Lecciones no aprendidas

 

Objetivos blandos, tiradores activos e incidentes armados no-terroristas

El pasado jueves 2 de junio, un nuevo ataque, esta vez en Manila, la capital de Filipinas, nos volvía a sorprender. En cuestión de apenas una semana, el Estado insular ha retornado a las noticias globales después de que una extensión territorial del Estado Islámico (EI) en la región, el denominado Grupo Maute, tomara el control de la ciudad de Marawi, en la isla de Mindanao, una de las cuatro mayores islas en un archipiélago de más de 7.000, donde el control territorial del Estado central plantea serios problemas.

El “Grupo Maute”, una escisión radical de Abu Sayyaf, juró lealtad al EI en 2015. Sin embargo, en perspectiva histórica, debemos remontarnos mucho más atrás. Mindanao es la cuna tradicional de movimientos insurgentes musulmanes como el Frente Moro de Liberación Nacional[1] (FMLN) que se enfrentan al Estado central filipino en una suerte de choque de civilizaciones entre la mayoría cristiana filipina y la mayoría musulmana presente en las islas del sur, como son Mindanao, Jolo o Basilán. Así, la lucha armada primero pasó por el FMLN, de tintes más étnicos que religiosos, a continuación por su escisión, el Frente Moro de Liberación Islámica (FMLI), con un mayor componente religioso, y, en 1991, fruto del proceso de retorno de muyahidines desde Afganistán, a una nueva escisión del FMLI en forma del grupo Abu Sayyaf, que se estableció como extensión territorial de Al-Qaeda en el archipiélago y comenzó a actuar como agente movilizador de la yihad global en la región.

El grupo, de gran actividad regional, no se ha visto excluido de las dinámicas que ha sufrido Al-Qaeda en otras regiones, tales como la muerte de Bin Laden o la aparición del EI, al que se unió también en 2014. A lo largo de estos últimos tres años, la organización ha sufrido nuevas escisiones entre las que destaca la del propio Grupo Maute, que se unió a su vez con varios grupúsculos menores, lo cual, unido a los lazos familiares y clánicos que unían a los hermanos Maute con el FMLI, ha dotado a la nueva estructura en red de las capacidades suficientes para tomar el control sobre partes de la ciudad de Marawi el pasado 24 de marzo, estableciendo una base del EI en el tradicional feudo musulmán de Mindanao.

Pero, ¿hasta qué punto puede ser el EI y su extensión filipina responsable del último ataque en el Casino Resort de Manila? El ataque fue casi inmediatamente reclamado por la organización, pero esta autoría ha sido desacreditada por la Policía filipina, que en base a la tipología de las víctimas mortales y los heridos -treinta y seis muertos por asfixia provocada por inhalación de humo, y heridos de diversa consideración como resultado de una evacuación desordenada, pero sin que ninguno presentase heridas por arma de fuego- parece apuntar hacia la hipótesis de un robo fallido en las instalaciones. De modo que, independientemente de las capacidades militares del Grupo Maute en Mindanao -que por cierto, están más próximas a la guerra de guerrillas que propiamente al terrorismo- ¿qué lecciones podemos extraer del ataque del pasado 2 de junio?

Primera: la amenaza. El desastre se produjo, independientemente de su motivación, debido a la percepción psicológica de amenaza respecto al terrorismo yihadista internacional. Consecuentemente, el EI ni tan siquiera precisa de perpetrar un ataque, le basta con apropiarse del llevado a cabo por terceras personas. Ello se debe a que la opinión pública internacional tiene referencias claras de este tipo de ataques, como han sido Bali, Bombay, o las mismas salas “Bataclán” o “La Reina”. Un incidente de “tirador activo” que es preludio para el caos se ha convertido en los últimos dos años en una situación que dista de ser excepcional. Ello nos lleva a la segunda cuestión. Si no es la primera vez que ocurre, ya que este tipo de incidentes se han convertido en recurrentes, ¿entonces por qué la situación de pánico?

Segunda: el objetivo. Mientras que es cierto que la motivación del ataque es importante y la ideología subyacente puede influir en el modus operandi -por ejemplo, el terrorismo yihadista es más proclive a utilizar tácticas que combinan active shooting y explosivos, mientras que los casos de AMOK son proclives a utilizar armas de fortuna fácilmente accesibles-, en este punto no deberíamos centrarnos en el modus operandi o la ideología, puesto que el común denominador es el objetivo. Como acabamos de mencionar, este tipo de incidentes sobre este tipo de objetivos tienen lugar de forma recurrente, y nada indica que vayan a cesar a corto o medio plazo. Los “objetivos blandos” son lugares dedicados al ocio, en el caso específico del Casino Resort probablemente con medidas y servicio de seguridad enfocados probablemente a la protección de sus bienes tangibles, y una gran mayoría de usuarios sin conocimiento de cómo gestionar un incidente de “tirador activo”. Insistimos, por tanto, en el aspecto de que no se trata de un modus operandi o una ideología específica, sino de la implementación de protocolos de gestión de incidentes para proteger a aquellos usuarios que deberían estar disfrutando de su tiempo libre en un entorno y unas condiciones de seguridad. ¿Cuál es, entonces, el objeto de focalizar las respuestas en un ataque terrorista, cuando un robo puede conllevar las mismas consecuencias letales? El número de víctimas potenciales podría ser el mismo en un caso de active shooting que en uno que no lo sea -recordemos el hecho de que, de acuerdo con las fuentes oficiales, ninguno de los clientes o huéspedes presentaba heridas por arma de fuego-, de modo que en puridad podríamos excluir el incidente de la categoría de “tirador activo”, puesto que esta conlleva el asesinato deliberado del mayor número posible de víctimas mediante el uso de armas de fuego. Y este elevado número de víctimas se producirá en cualquier caso, por la falta de formación y entrenamiento en gestión de incidentes armados, incluyendo elementos tales como canales de Mando y Control, comunicaciones, liderazgo y protocolos de evacuación y protección de víctimas potenciales. Necesitamos conocer protocolos como run-hide-fight, pero también cómo adaptarlos a las circunstancias en el momento preciso. Correr en la dirección equivocada o esconderse en el lugar erróneo puede maximizar la amenaza en lugar de mitigarla.

Esta vez se ha tratado de Manila, pero muchos otros países occidentales han sufrido situaciones similares, y muchos más de ellos probablemente se van a unir a la lista. En muchos casos no estamos enfrentando la amenaza como tal, ni a un enemigo con superiores capacidades militares, ni tan siquiera con una justificación moral o ideológica superior. La principal amenaza no es el enemigo difuso, sino la falta de concienciación de que nosotros mismos y nuestros propios bienes, infraestructuras e instituciones, somos las víctimas potenciales y las posibles pérdidas. Y en esa línea de mitigación de la amenaza debemos seguir trabajando.

[1] Curiosamente, el término “moro” fue dado coloquialmente por la expedición de Magallanes y Elcano en 1520 en su viaje alrededor del mundo, al encontrar población musulmana en la isla de Mindanao. El término pasó a convertirse en el nombre de identificación para las etnias musulmanas filipinas, y así ha permanecido hasta nuestros días.